Economía

Materialismo de números

Es difícil imaginar que un debate sobreestructurado pueda cambiar el voto de alguien. En el mejor de los casos, la falsa cadena que lo difunde y la excesiva alharaca sobre su trascendencia pueden concitar una teleaudiencia extraordinaria para un programa de contenido político y darles una exposición nacional a los candidatos que no alcanzarían por otros medios. En ese sentido, para los protagonistas es todo ganancia, en la medida de que no inspiren el aforismo precautorio que indica que “es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda”.

Ernesto Talvi, que no es el dotado intelectual que nos vendieron durante 20 años, sino un precario tecnócrata liberal que se derrumbó en los primeros pases, al menos siempre tuvo claro esa característica de show de alto rating y no tuvo mejor idea que deschavarse cuando lo toreó a Astori con un tuit agraviante, en el que, entre varias chicanas provocadoras, intentó persuadirlo con un “tenemos cadena nacional asegurada”. Danilo Astori, que es un tipo que nació con dos cerebros, lo escondió en la respuesta aludiendo a esa frase infeliz: “Está más interesado en la notoriedad pública que en debatir”. Y tenía razón Astori. Talvi lo sabe. Su jefe de campaña también y a cualquier observador avisado tampoco le cabe la menor duda.

Volviendo al debate, hubo un par de cosas que me llamaron profundamente la atención. La primera es el enojo permanente e indisimulable de Luis Lacalle Pou. Se pasó todo el programa montado en cólera, vociferando críticas con una bronca bárbara, propia de otras lides y, sobe todo, de otras vidas. ¿Por qué está tan furioso ese hombre? Yo entiendo la bronca del que la pasa mal, del que pierde el laburo, del que no tiene un mango, del que vive una vida de sacrificio, sin descanso y sin consuelo. ¿Pero cuál es el origen de la furia de este muchacho? ¿Acaso él ignora que ha vivido siempre una vida de privilegios a los que jamás habría accedido de no pertenecer al linaje que pertenece? Hay muchas personas mucho más preparadas que él, que han estudiado más, que han trabajado más, con talentos muy superiores que viven una vida con menos comodidades, sin barrios privados, sin turismo de surfista en playas exóticas, sin el beneficio de que todas las puertas se la hayan abierto toda la vida. Él no tiene un motivo para tanta bronca, no lo tiene personalmente y no tiene la excusa de una indignación moral por el sufrimiento de otros, de los desahuciados, porque a Lacalle Pou nunca en la vida le importaron los más humildes, los que no tienen nada, los discriminados, los perseguidos. Y cada vez que tuvo frente a sí la posibilidad de acompañar algún proyecto de ley a favor de un colectivo sin privilegios, como los peones rurales, los homosexuales, los trans, se puso en contra con argumentos ridículos que, básicamente, protegían el estado de cosas.

Me caben dos explicaciones. O bien toda la tirria desplegada es pura impostura calculada para conseguir que se identifiquen con él las personas enojadas por cualquier motivo, en un verdadero tráfico de odio, y transformarse así en el candidato del castigo, sea cual sea el fundamento último de la intención de castigar, o bien su ferocidad constitutiva es genuina y responde a una profunda irritación de clase, de casta que no soporta más ser gobernada por la plebe, por el universo de los que apenas admiten como subordinados. En cualquiera de los casos, el espectáculo iracundo de Luis Lacalle Pou me llamó la atención por lo desmedido y lo desubicado.

La segunda cosa que me impresionó fue la imputación que le endilgó Lacalle Pou a Daniel Martínez, en tanto representante del Frente Amplio en esta contienda electoral, de que el gobierno se había convertido a un “materialismo de números”. ¡Qué llamativa acusación! Es reveladora de una de las debilidades más grandes de su propuesta. Lacalle Pou no soporta el “materialismo de números” porque en ese punto reside un problema sin solución para los partidos tradicionales: tienen que hacer campaña soslayando los datos. Necesitan acudir a la metafísica, a honduras espirituales, a ideologismos y entelequias porque no pueden discutir los datos centrales del desempeño de la izquierda. No pueden discutir la evolución del salario real, no pueden discutir el crecimiento de la economía, no pueden discutir el incremento de los presupuestos de la educación, de la salud, de las políticas sociales. No pueden negar que hoy hay muchos menos pobres que en sus gobiernos, que hay menos indigencia, que hay menos desigualdad, que hay más carreras universitarias, hay mejores salarios, mejores jubilaciones, mejores indicadores económicos, más inversiones, mayor PIB, más consumo, más infraestructura, mejor consideración internacional, más democracia, incluso. Cuando la cosa se trata de datos, apenas pueden concentrarse en consignar o tergiversar cifras aisladas para intentar vender una crisis que no existe, sobre una realidad que no se ajusta a sus delirios de devastación. Es tan brutal este problema para Lacalle Pou como lo es discutir sobre el pasado. Observemos su afirmación descarnada de que no quiere discutir sobre el pasado. ¿Pero cómo va a querer discutir sobre el pasado si el pasado nos muestra el desastre que fue el gobierno del Partido Nacional? Ya Lacalle Pou y los blancos en general hace rato que abandonaron la consigna de que con los blancos se vivía mejor y dejaron de reivindicar el gobierno de su padre, porque ya saben que los uruguayos que vivieron esa época lo recuerdan como un gobierno desastroso, atravesado por escándalos de corrupción, que fueron instalados, además, por otros blancos. ¿O es que acaso olvidamos la interna entre Juan Andrés Ramírez y Luis Alberto Lacalle en 1999? ¿Nos olvidamos de que Ramírez probó que el patrimonio de Lacalle había crecido 1 millón de dólares en un año y de otras acusaciones de ese tipo con referencia a campos, propiedades y otras menudencias?

Lacalle Pou no puede hablar del pasado porque el pasado es terrible. No puede hablar de los datos del presente porque son demoledores. Y en el debate, además, demostró que no puede hablar del futuro porque no se le cae una idea o porque sus ideas, como en general les pasa a los neoliberales, son inconfesables. Solo le queda recurrir al grito, a la furia, a la bronca, a la imprecación. Su estrategia es el enojo porque no tiene ni puede tener otra.

En menos de un minuto podés unirte a la comunidad de Caras y Caretas. Es gratuito y te permite recibir gacetillas con información y artículos de opinión a tu correo electrónico, participar de eventos, promociones, actividades exclusivas para nuestros lectores y recibir obsequios de forma periódica. Es rápido, no te cuesta nada y es una forma de apoyar nuestra mirada y mantenernos en contacto. Unite a la comunidad de Caras y Caretas