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La fatídica historia del más grande traidor de América Latina: Francisco de Paula Santander (33)… (DE LA OBRA DE SANT ROZ: BOLÍVAR Y SANTANDER – DOS VISIONES CONTRAPUESTAS)…

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(En la gráfica mostramos al intrigante y traidor Antonio Leocadio Guzmán, de la misma estirpe del traidor Francisco de Paula Santander)…

Las fiebres libertinas

Mientras la guerra parecía disiparse, existían esperanzas de que la República se organizara y se recuperara de las grandes fatigas militares. Mientras se festejaba de costa a costa la entera libertad de los pueblos, ciertos intelectuales, —supuestos cerebros de la República— al reflejar el sentimiento de los belicosos caraqueños, llamaban al Vicepresidente ladrón y traidor a la patria. Lo acusaban de rebajar la reputación de Bolívar, de rivalizarlo, de ser enemigo del ejército y de vivir empapado en las máximas de Maquiavelo.

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Le contaba entonces, Santander a Bolívar, que todos esos panegíricos los había parido la cuestión de las elecciones que se avecinaban. “Unos agentes pagados por la Corte de Madrid para ridiculizar al gobierno, dividirnos y degollarnos le decía, no desempeñaría tan bien su papel, como los tales escritores de Caracas“. Entre esos escritores se encontraba Antonio Leocadio Guzmán.

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Santander tuvo que vindicar su censurada conducta por el asunto de los préstamos extranjeros, pero jamás pudo convencer a sus enemigos. Restrepo lo defiende y dice que el Vicepresidente manejó los caudales públicos con probidad y pureza por todo el tiempo de su administración.

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Era que Francisco amaba las virtudes mercantilistas y velaba con demasiado celo por su seguridad: cobraba religiosamente cuanto le debía el gobierno y aseguraba cuidadosamente sus propiedades. No creemos que todo eso fuese sólo producto del cohecho. Creemos que aquel gran alboroto era provocado por intrigas comunes de una época de elecciones, donde se decidiría quién habría de ser el nuevo Vicepresidente. Los competidores eran nada menos que Luis Baralt, presidente del Senado; José María del Castillo y Rada, encargado de Hacienda; Pedro Briceño Méndez y Sucre, entre otros eminentes.

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Desde Caracas, el periódico El Argos , que dirigía Antonio Leocadio Guzmán, lanzaba contra Francisco los más duros epítetos: “¡Santander otra vez (declaraba Guzmán), de ninguna manera! Sería una plaga para Colombia otros cuatro años de su pésima administración”.

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Añade Guzmán en el tiraje número 8 de su periódico:

 

Aseguran que el Excelentísimo Sr. Francisco de Paula

Santander, Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo, etc. etc. etc., para dar esplendor al Gobierno republicano y a la nación, ha adoptado para sí el mismo ceremonial de palacio, paseo, iglesia, teatro, etc., de que usaban los antiguos virreyes. Dicen que en su palacio tiene un famoso solio, bajo el cual se sienta con frecuencia; que cuando sale a paseo o a la iglesia, es acompañado y custodiado por alabarderos y batidores y que, al entrar al coliseo, todo el pueblo concurrente tiene que ponerse en pie y el sombrero en mano, hasta que S. M. toma asiento y da sus órdenes. ¡Bravo republicanismo!

 

En estilo, naturaleza y sentimiento, este Antonio Leocadio Guzmán era idéntico a Santander, a los liberales colombianos; por esto se odiaban tanto.

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Santander ganó la Vicepresidencia. Ni Baralt ni Castillo —siendo los oponentes más fuertes y de mayor experiencia en los asuntos de gobierno— poseían la habilidad administrativa de Francisco, pero no deja de ser interesante el hecho de qué habría ocurrido con Colombia si se hubiese producido un cambio tan trascendental en el Ejecutivo. No dudo contra toda otra suposición que se hubiesen adelantado los penosos hechos que siguieron al disolverse la Convención en Ocaña. Briceño no era conveniente por ser venezolano. Tampoco Sucre, cuyo desprendimiento y falta de ambición quedaba fuera de toda posibilidad por sus sobradas virtudes

El triunfo de Francisco, en lugar de calmar las tensiones y procurar la unión, encendió la discordia y acrecentó aún más el odio entre caraqueños y bogotanos; la rencilla tomaba giros funestos contra el propio Bolívar, quien comenzaba a aparecer entre sus amigos como débil y cansado, o condescendiente con los revoltosos. Se presumía que no aceptaría gobernar sin Santander

Lo malo era que el Vicepresidente no poseía las condiciones necesarias como para ser sucesor de Bolívar, ni mucho menos para afrontar las terribles calamidades de un país recién liberado de la degollina extranjera y acosado por la miseria, la ignorancia y la rebelión, todo en un maridaje sórdido y permanente con lo más retrógrado que nos dejó España. Lástima que Santander no fuera capaz de aglutinar a su alrededor a las fuerzas intelectuales, militares y religiosas de Colombia. Ya hemos visto cuántas lecciones de conducta política procuró darle el Libertador. Hemos visto una y otra vez que el Vicepresidente no sólo se alaba con frecuencia, sino hasta sigue escribiendo anónimos por la prensa, atacando con acrimonia a sus enemigos, mostrando al público la ira de su venganza, discutiendo y contestando a quienes le contrarían y haciéndose repugnante a sus opositores desde su alta magistratura. Esto era negativo y no sólo conducía a vigorizar la vileza de los partidos, sino que minaba la reputación de Bolívar, el soporte principal de la propia Vicepresidencia

El inmenso peso de la responsabilidad política y militar recaía de modo total e injusto sobre los ya extenuados hombros de Bolívar: las quejas, las peleitas, las indecisiones del Gobierno colombiano, la organización de la confederación de América, el orden castrense de costa a costa en el territorio de Colombia, la seguridad del país; todo esto, convergía sobre él amenazadoramente

Posada Gutiérrez dice que Bolívar estaba alucinado en el Perú por su buena estrella, pero la realidad era que no tenía un minuto de reposo; su salud estaba resentida, envejecía rápidamente y no estaba fijo en lugar alguno: conferenciaba con generales argentinos sobre la guerra con Brasil; discutía con chilenos el llamado que éstos le hacían para organizar una república; preparaba y estudiaba un plan de invasión a la isla de Chiloé; escribía la Constitución de Bolivia; atendía las necesidades del Estado— y ordenaba leyes que protegieran y ayudasen a la situación deplorable de los indígenas

No perdía contacto con los acontecimientos de Europa y estaba al día, aconsejando y organizando los movimientos del Gobierno colombiano. Más aún, se quejaba porque la administración de su país resultaba lenta para sus aspiraciones, sobre todo, en los asuntos del Congreso de Panamá. El impulso de la voluntad de Bolívar había conseguido, por ejemplo, que los delegados a este Congreso por el Perú, llegaran primero a Panamá que los de Colombia; parecía que Santander tenía retenidos a nuestros delegados en Bogotá

Se necesitarían volúmenes para describir, a grandes rasgos, la actividad de Bolívar en el sur; y todavía hay quienes pretenden decir que estaba alucinado. Léanse las memorias de O’Leary para tener una somera idea de la obra cultural, política y humana que Bolívar desplegó en tan poco tiempo. Hasta se preocupó en procurar la libertad del sabio Bomplandt, prisionero del dictador de Paraguay José Gaspar Rodríguez de Francia

El Congreso del Perú, agradecido por los servicios del Libertador, honró con su nombre una provincia y, además de otras muchas demostraciones de afecto, decretó un millón de pesos para su peculio particular. Pero Bolívar inmediatamente los rechazó y propuso que fueran utilizados para ayudar a los pobres:

 

No es mi ánimo (contestó al Presidente del Congreso peruano) desdeñar los rasgos de bondad del Congreso para conmigo. Así sería una inconsecuencia monstruosa si ahora yo recibiese de las manos del Perú, lo mismo que yo había rehusado de mi patria.

 

Un amigo suyo, Palacios, que entonces se encontraba en Filadelfia, decía que en Norteamérica no podían comprender aquel rasgo de extraordinaria generosidad y desprendimiento: “En este país todo está metalizado (decía) y se ha considerado como una de las acciones más heroicas del general Bolívar, el que se hubiese negado a recibir la mencionada cantidad”

De ese millón, dispuso el Libertador que se remitieran 20.000 al célebre educador Lancaster para fomentar la educación de la juventud en Caracas, quedando en enviar luego una suma mayor. Pero por una perversa ironía, que parecía perseguir a Bolívar cuando le honraban los conciudadanos, los agentes del Perú en Londres no pudieron cubrir estas letras. El desdichado no se quejó de aquellas miserias, guardó silencio y pagó de su propio peculio lo ofrecido a su ciudad natal

En ese mismo año, el Congreso dispuso que se pagara urgentemente, y sin importar a cuales fondos se recurriera, los sueldos del Libertador desde 1818 a 1821 y el haber militar que le concedía la ley del Congreso de Cúcuta

Sumaban 150.000 pesos, pero nunca se pagaron porque el Libertador no mostró interés — estaba alucinado en el Perú— . Al parecer tenía que firmar ciertos documentos para hacer efectivos aquellos pagos, pero le repugnaban estas cosas y por esta higiene se encontraba a veces con que no tenía un céntimo en su bolsillo

Santander sí estuvo interesado en que el Libertador cobrara sus sueldos atrasados, pero ansiaba, por motivos no exactamente legales, que le firmara los oficios donde le concedía tales pagos. Eso jamás lo iba a conseguir . ¡Qué poco parecía conocer Santander el decoro de Bolívar! O demasiado lo conocía, quién sabe

 

Hágame el favor de enviarme una carta poder (le escribía el Vicepresidente el 21 de agosto) para percibirle siquiera su haber: cuente usted con el porvenir y no piense que todos los tiempos son uno. Este haber no es un regalo que le hacen, es una recompensa justa que todos hemos recibido. Envíeme el poder, por Dios, para cobrarle lo que le toque de sueldos y haber militar… etc. etc.

 

Tenía que chocarle al Libertador, un hombre tan desprendido del dinero, aquellas minucias metálicas; mucho más le repugnaba que se recogiera en el archivo de Colombia. Era de veras degradante responderle. El 6 de octubre, el Vicepresidente utilizó media página sacándole sus cuentas; página vergonzosa de miles de sumas, restas, divisiones, que de seguro Bolívar pasó por alto

 

Envíeme una libranza, para tomarlos (le decía Santander) usted cuenta con alguna reserva. ¿Qué son 12.000 pesos?

Resuelva usted y mándame la libranza en los términos que le parezca más decente y honestos… Acuérdese usted que todo el mundo…»

 

De nada le sirvieron los consejos frecuentes de su gran amigo cuando le alertaba de que no fuera a perderse por los negocios utilitaristas. El 21 de noviembre, le decía Santander:

 

Le recuerdo que me mande una carta para recoger sus sueldos y haberes. No, sea tan bueno. Estas cantidades le hacen a usted falta y en tomarlas nada mancha el brillo de su generosidad.

Quien renuncia a un millón de pesos, ¿puede ser tildado de tomar cuatro reales de que necesita?

 

Llegó a ser tan absurda su manía mercantilista que propuso a Bolívar formar una compañía nacional para hacer el canal de Panamá. Para esto envió una carta especial el 22 de septiembre de 1823, exhortándole a ser el protector de la referida compañía formada con algunos capitalistas extranjeros. La respuesta de Bolívar fue severa; no sólo estaba dispuesto a no tomar parte, “sino que me adelanto a aconsejarle que no intervenga usted en ella. Yo estoy cierto (agregaba) que nadie verá con gusto que usted y yo, que hemos estado y estamos a la cabeza del gobierno, nos mezclemos en proyectos puramente especulativos, y nuestros enemigos, particularmente los de usted, darían una mala interpretación a lo que no encierra el bien y la prosperidad del país… Estoy resuelto a no mezclarme en este negocio, ni en ningún otro que tenga un carácter comercial”

¡Qué franqueza, con qué visión ética, con qué ánimo procuraba ayudar a su amigo para que no se perdiera en las pequeñeces del capital! ¡Cómo lo alertaba de los peligros inmorales que hoy seducen y sacuden tanto a nuestros partidos! ¡Cómo seguía los pasos de su gobierno para advertirle lo que podía hundirlo! Sin embargo, ya sabemos lo que recibió en pago por tan nobles enseñanzas

Es un hecho probado en la historia que aquellos que tienen fuerte tendencia hacia los negocios, hacia las especulaciones en el comercio son por naturaleza verdaderos tiranos: para confundir se llaman a sí mismos “liberales”, demócratas y libres pensadores

Por un raro malabarismo genético se encontraban éstos —”liberales”— en los desechos del evangelio comercial. En los detritus de las tragedias europeas. Tomando las migas de una prédica baja y miserable cuya base era la consecución del placer y el éxito. Los poetas no podían tener un lugar entre aquellos alucinados por el bienestar material

Bolívar era un mendigo a los ojos de los magnates colombianos y como tal un tipo inútil; nada melodioso a los oídos “libre pensadores”. Porque pensar libremente es y ha sido desde el siglo XVII la excusa que han tenido los ricos para exigir cada vez más poder a los gobiernos

Iban, pues, las doctrinas de la libertad sostenidas por la conveniencia burguesa y el egoísmo personal. No importa que el Estado se hunda con tal que los negocios de unos pocos no sufran pérdidas; y el patriotismo tiene valor si existe algún bien material qué defender. Por eso Santander y su élite necesitaban ser ricos primero para luego ser patriotas. Un círculo vicioso que hizo de los pueblos más adelantados de Europa un amasijo de autómatas y propietarios sin alma

Pero el hombre de las cuentas —el “de las leyes”— no entendía o no conocía la tragedia mercantilista de los ingleses, porque insistía:

 

Monroe suplicó al Congreso que le pagasen las deudas que había contraído por servir a su país y le han decretado ciento y pico mil de pesos. ¡Qué diferencia entre Monroe y Bolívar que nunca ha pedido sino la misma ración del soldado!

 

Aquello no lo decía porque tuviera en más al Libertador que al ministro yanqui. No, sus actos futuros probaron que su naturaleza era un reflejo del sentimiento mercader de los norteamericanos a quienes luego imitó tanto en su estilo de gobierno. Su propia ceguera moral ante los consejos de Bolívar lo probó

 

Espero su respuesta (siguió rogándole) pues tengo reservado el dinero, y para sacarlo de tesorería es menester una orden de usted…

 

Bolívar, por toda respuesta decía a su querido servidor: “Yo no quiero nada para mí, nada, absolutamente nada”

En cuanto a otras actividades del Vicepresidente, agregamos que seguía sosteniendo una notoria aversión hacia el sistema federativo. Lo atacaba duramente por cuantos medios tenía a su alcance. Mostraba encono hacía los grupitos del general Mariño, fanático federalista y enemigo del Libertador; dicho general, tenía su centro de operaciones en Caracas y desde allí dirigía por la prensa fuertes ataques al Ejecutivo

Sobre los demás países latinoamericanos, Santander no veía un vigoroso equilibrio político. Los encontraba demasiado divididos y contagiados de la maldita fiebre federalista: “El noviciado”, según él mismo definía aquel ejercicio de inmadurez. Por pretender adoptar este sistema, criticaba a Guatemala, Chile, Argentina. Pensaba que la federación no era sino una excusa de los caudillos para hacer de América un pandemonio de republiquitas; un hervidero de demagogia y una comparsa ridícula de rebeldes sin ideas, ni sentido de equidad alguna

Por su parte, Bolívar, en cuanto a la situación interna de Colombia, no se hacía ilusiones. Eso sí, a veces se confiaba demasiado de quienes le rodeaban, ésa era su verdadera debilidad, si se quiere su única alucinación. O tal vez, no se trataba de confianza o fe, sino que más bien había una carencia de hombres capaces para llevar a cabo el programa que se había propuesto. Entonces, necesitaba encontrarlos entre esos bípedos que aparentaban alguna cultura. Los chascos fueron grotescos. Lo traicionó Riva Agüero en la revolución del 24, y lo mismo iban hacer Lamar y Santa Cruz. Lo traicionaban Páez y Santander desde el Gobierno colombiano y, para completar, el Congreso no tenía orden ni concierto en la selva de leyes que aprobaban. Ante tamaños desaciertos y, viendo que la población culta y realmente preocupada por la República era muy escasa, decidió hacer la tan famosa, criticada y mal interpretada Constitución de Bolivia. Era esta Constitución una fórmula que pretendía dar una solución a las estridentes polémicas de los ideólogos, a las ambiciones militares y aristocráticas, a las manías federalistas, al resquemor de las clases sociales

Era una Constitución tan liberal como la de Jefferson, en donde se planteaba la idea de una figura central y altamente acatada para que la naciente República tuviera un eje moral y político, fuerte, incólume, necesario para su estabilidad

Lo cierto fue que Bolívar no calculó la escandalosa evolución del carácter partidista de los latinoamericanos en los avatares de la revolución que dirigía, ciertamente se dará cuenta demasiado tarde y dirá que éramos caníbales de la peor especie

Aquella Constitución fue la gota que derramó el dique de todas las desvergüenzas públicas. Enardeció aún más a los caudillos venezolanos, acrecentó el fervor maligno de los diputados, de los rábulas y provocó un incendio voraz de gacetillas, libelos y documentos que disparaban balas y puñales

No había duda de que Bolívar iba a ser arrollado por los mismos personajes que sin reserva él, a lo largo de quince años, había alzado a los primeros y más importantes sitiales del gobierno y de la revolución

Al mismo tiempo se daba cuenta de que su papel de Libertador estaba concluido; que había nacido soldado y amante de la libertad para aterrar los tiranos. Pero no podía ver indiferente la ferocidad con que los bandos políticos se atacaban. Ni mucho menos aceptar la destrucción total de esa obra maravillosa de su genio: la creación de Colombia. Esta visión estaba en su corazón de modo vehemente y quizás obsesivo. Destruido Canterac y su poderoso ejército en el Perú, y quedando exiguos restos de algunos realistas en el alto Perú, al mando de Olañeta, veía cerca el fin de una calamidad y el inicio de otra, ésta adornada con los tristes elementos de la ambición personalista. Estaba convencido de que la libertad del Alto Perú era confusa, débil, de que un cáncer comenzaba a propagarse en el escuálido cuerpo de una nación sin verdaderos hombres, un cáncer parecido al de Pasto que iba en definitiva a devorar a América. No había hombres capaces de sostener el Estado, evidencia que le torturaba. ¡Con qué sacrificio sobrellevaba los males de este mundo! ¡Qué pesadilla significaba tener que actuar!

Ya en enero escribía a Santander que cuando volviera a Colombia descansaría algunos meses y después se iría a Europa. Pero el Congreso, que sabía ser constitucional para hacer leyes absurdas, —crear empleos inútiles y someter a Bolívar al dictado de sus caprichos— lo iba a forzar a que se quedara pagando los desastres que ellos habían provocado. Su reputación y su gloria iban a ser degradadas por los “visionarios” del Congreso

Mientras que Bolívar era elegido presidente, casi por unanimidad en todo el territorio colombiano, el Congreso entonces, saltando por encima del propio designio de las leyes, lo reeligió, al tiempo que inició una guerra para desconocer sus órdenes y en muchos casos burlarse de sus aspiraciones. Viéndose que los pueblos querían al Libertador más por instinto que por ideología alguna —por encima de la híbrida armazón de los catálogos legislativos— una mayoría de congresistas, para vengarse de aquel amor, le atacaron con dureza, con lógica enfermiza, y surgió de esta maldad la especie con la cual se sostenía que Bolívar estaba contra el orden constitucional

Esta iba a ser la causa por la cual se le negó la dictadura, en el momento en que era una necesidad imperiosa para consolidar el orden y someter las pasiones

Porque la libertad a la que algunos aspiran, como él lo preveía, llevaba consigo los elementos de la subversión, de la guerra civil. Era inaplazable la decisión de instaurar un gobierno fuerte

Santander, llevaba la batuta en aquellas estrategias indirectas del Congreso. Hay algo que siempre nos preocupó de la franqueza de Bolívar con su querido amigo. A cada acto de confianza de su jefe, Francisco se volvía mejor baqueano de su destino; quería hacer ver que la unión era un fracaso por la “miopía” de su líder (Bolívar)

Era una actitud aparentemente contradictoria. Sabía avanzar y retroceder, y sus pasos apuntaban hacia el encumbrado poder y no hacia la gloria

Cuando eran reconocidos sus méritos de estadista o legislador los exageraba por los órganos de prensa para que se viera el ascendiente nacional e internacional de su figura. Si Bolívar le hablaba confidencialmente sobre los funcionarios ineptos que era necesario desplazar, o le insistía que pusiera voluntad para reconciliarse con sus enemigos, o le sugería ciertos proyectos militares o políticos que debían ejecutarse en beneficio del pueblo, aunque ello implicara la “violación” de alguna reglamentación, entonces, Santander reunía a sus aliados y presentaba estos documentos con comentarios duros y ponzoñosos como “las manías legales” de su protector

Esto lo supo el Libertador muy tarde, cuando Santander había levantado muchos círculos de descrédito de su función, poniéndole como un maníaco detractor de las leyes

 

 

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